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Día 9- La Eucaristia como sacrificio



ORACIÓN INICIAL

Oh saludable Hostia
Que abres la puerta del cielo:
en los ataques del enemigo danos fuerza,
concédenos tu auxilio.
Al Señor Uno y Trino
se atribuye eterna gloria:
y El, vida sin término
nos otorgue en la Patria.

Amén


SANTO EUCARISTICO
 SANTO DOMINGO SAVIO (1842-1857)

Desde pequeño, su madre le enseñó a amar a Jesús Eucaristía y a mandarle besos al sagrario. Desde los cinco años, ayudaba al párroco como monaguillo en las misas. Y deseaba tanto hacer la primera comunión para recibir a Jesús, que, a pesar de que la costumbre era esperar hasta los doce años, el párroco le permitió hacerla a los siete años... Para él fue un día muy feliz e hizo el propósito de confesar y comulgar todas las veces que pudiera y de morir antes que pecar.

Para realizar sus estudios, debía caminar cada día cuatro kilómetros cuatro veces al día. Un día, un campesino le preguntó si no tenía miedo de andar solo. Él el respondió: No estoy solo, tengo conmigo a mi ángel custodio.

Cuando Don Bosco lo recibió en el Oratorio, fue un joven ejemplar que trataba siempre de poner paz entre los que se peleaban. Y siempre le pedía a don Bosco que le ayudara a ser santo, pues esa era su meta y su ideal. Para ello centraba su vida en la Eucaristía. En una ocasión, terminada la misa, todos fueron a tomar desayuno y, después, a estudiar. A la hora de la comida, preguntaron dónde estaba Domingo y lo buscaron. Lo encontraron detrás del altar de la iglesia, inmóvil, como en éxtasis. Había estado orando desde la misa hasta las dos de la tarde. Murió a los 15 años y fue canonizado el 13 de junio de 1954, siendo un modelo y ejemplo para todos los muchachos de su edad.


SAN ALBERTO HURTADO
La Eucaristía como sacrificio

El sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo y como entrañados en la divina Víctima, inefablemente compenetrados e identificados con ella, y en ella y con ella fuimos misteriosamente inmolados; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo.

Esta participación nuestra en la inmolación eucarística, esta inmanencia, esta comunicación (o mejor comunión) con Jesucristo-Víctima en la Eucaristía, nos enseña la mejor manera de asistir a la santa Misa, tomando en ella la parte que nos corresponde. La comunión con la víctima eucarística ya existe, es una realidad consoladora, no hemos de fingirla. Lo que debemos hacer es actuarla, o actuarnos en ella.

De dos maneras puede hacerse esta actuación.

La primera es ofrecer, como nuestra, al Padre celestial, la inmolación de Jesucristo, por lo mismo que también es nuestra inmolación.

La segunda manera, más práctica, consiste en aportar al sacrificio eucarístico nuestras inmolaciones propias y personales, ofreciendo nuestros trabajos y penalidades, sacrificando nuestras malas inclinaciones, crucificando con Cristo nuestro hombre viejo, el cuerpo de pecado. Con esto, al participar personalmente en el estado de víctima de Jesucristo, nos transubstanciamos en la víctima divina. Como el pan se transubstancia realmente en el cuerpo de Cristo, como también el sacerdote humano (y a modo, todos los fieles, toda la Iglesia) se transubstancia moralmente en Jesucristo-Sacerdote único y eterno, así todos los fieles nos transubstanciamos espiritualmente con Jesucristo Víctima. Con esto, nuestras inmolaciones personales son elevadas a ser inmolaciones eucarísticas de Jesucristo, quien, como Cabeza, asume y hace propias las inmolaciones de sus miembros. Un resentimiento, una pasión… inmoladas y ofrecidas en la Misa se convierten en inmolaciones de Jesucristo. Con lo cual su merecimiento crece inmensamente, y Dios acepta complacido nuestras propias inmolaciones como inmolaciones de su Hijo Divino.

El fuego de la inmolación eucarística, como el de la cruz, es el amor infinito del Corazón de Jesús. También abrasa y consume nuestras inmolaciones este fuego divino. Hay que ofrecer en la Misa los sacrificios ya hechos y los que pensamos hacer. En la Misa hay que adquirir, actuar, robustecer, endulzar y levantar de punto el espíritu de sacrificio.

¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa.

La Misa como sacramento: la comunión

“Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él… Vivirá en mí” (Jn 6,54). Comulgar es vivir en Jesús, y vivir de Jesús: como el sarmiento en la vid y de la vid. Jesús único principio y raíz de toda la vida, de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor. Fuera de Jesús todo es muerte, esterilidad, desolación.

La Eucaristía como Misterio: la presencia real

Jesús se hace presente y permanece en la Eucaristía, para vivir con nosotros y que nosotros vivamos con Él. Jesús espera nuestras visitas. En Él hallaremos al amigo leal, al consejero fiel, al consolador amoroso, al confidente de nuestras penas y alegrías. Jesús recibe nuestras visitas como de un amigo con otro amigo querido. Aunque invisiblemente, quiere comunicarse con nosotros, nos atiende, nos habla…



ORACION FINAL
Te doy gracias Señor
Padre Santo,
Dios Todopoderoso y eterno
porque aunque soy un siervo pecador
y sin mérito alguno,
has querido alimentarme
misericordiosamente
con el cuerpo y la sangre
de tu hijo Nuestro Señor
Jesucristo.

Que esta sagrada comunión
no vaya a ser para mi
ocasión de castigo
sino causa de
perdón y salvación.

Que sea para mi armadura
de fe, escudo de buena voluntad;
que me libre de todos mis vicios
y me ayude a superar
mis pasiones desordenadas;
que aumente mi caridad
y mi paciencia
mi obediencia y humildad,
y mi capacidad para hacer el bien.

Que sea defensa inexpugnable
contra todos mis enemigos,
visibles e invisibles;
y guía de todos
mis impulsos y deseos

Que me una más íntimamente a ti,
único y verdadero Dios
y me conduzca con seguridad
al banquete del cielo,
donde tu, con tu hijo
y el Espíritu Santo,
eres luz verdadera,
satisfacción cumplida
gozo perdurable
y felicidad perfecta.

Por Cristo, Nuestro Señor

Amén

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