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Día 7 "Las llagas que vió Tomás"


ORACION INICIAL



Vengo, Jesús mío, a visitarte.
Te adoro en el sacramento de tu amor.
Te adoro en todos los Sagrarios del mundo.
Te adoro, sobre todo, en donde estás más abandonado y eres más ofendido.

Te ofrezco todos los actos de adoración que has recibido desde la institución de este Sacramento y recibirás hasta el fin de los siglos.
Te ofrezco principalmente las adoraciones de tu Santa Madre, de San Juan, tu discípulo amado, y de las almas más enamoradas de la Eucaristía.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.
Ángel de mi Guarda, ve y visita en mi nombre todos los Sagrarios del mundo.
Di a Jesús cosas que yo no sé decirle, y pídele su bendición para mí.


SANTO EUCARISTICO

San Padre Pio de Pietrelcina

"Sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol, que sin la Santa Misa".
Anécdota: "Padre, por favor explíquenos la Santa Mis". "¿Hijos míos, - replicó el Padre Pio, ¿cómo puedo yo explicárselas? La Misa es infinita como Jesús ... pregúntenle a un Ángel lo que es la Misa, y Él les contestará en verdad: ´yo entiendo lo que es y por qué se ofrece, mas sin embargo, no puedo entender cuánto valor tiene´. Un Ángel, mil Ángeles, todo el Cielo, saben esto y piensan así".
Celebraba la Santa Misa aún cuando le sangraban las manos y ardía en fiebre.

Un día, un hijo espiritual le preguntó: "¿Padre, ¿cómo debemos participar en la Santa Misa?´´. El Padre Pio le replicó: "Igual que Nuestra Señora, San Juan y las mujeres piadosas lo hicieron en el Calvario, amándolo y compadeciéndose de El".
Le preguntaron: "¿Padre, ¿por qué llora tanto durante la Misa?". "¿Hija mía, - replicó el Padre Pio, - ¿qué son esas pocas lágrimas comparadas con lo que sucede en el altar? ¡Debería haber torrentes de lágrimas!".

"¡Padre, cuánto debe usted sufrir parado sobre sus pies sangrantes por las llagas, durante todo el tiempo de la Misa!" El Padre Pio replicó: "Durante la misa, yo no estoy parado, estoy colgado".
"¿No ven a Nuestra Señora siempre al lado del Tabernáculo?". ¿Y cómo no iba Ella a estar ahí,- Ella, quien "estaba junto a la Cruz de Jesús" en el Calvario (Juan 19, 25)?


45. Las llagas que vio Tomás.


- Fe con obras.
- Fe y Eucaristía.
- Trato con Jesús presente en el Sagrario.


I. Plagas, sicut Thomas, non intueor, Deum tamen meum te confiteor... No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere, que te ame. Tomás no estaba presente cuando se apareció Jesús a sus discípulos. Y a pesar del testimonio de todos, que le aseguraban con firmeza: ¡Hemos visto al Señor! (1), este Apóstol se resistió a creer en la Resurrección del Maestro: Si no veo la señal de los clavos, y no meto mi dedo en esa señal de los clavos, y mi mano en su costado, no creeré (2).

Ocho días más tarde, el Señor se apareció de nuevo a sus discípulos. Tomás está ya entre ellos. Entonces Jesús se dirigió al Apóstol y, en un tono de reconvención singularmente amable, le dijo: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Ante tanta delicadeza de Jesús, el discípulo exclamó: ¡Señor mío y Dios mío! (3). Era un acto de fe y de entrega. La respuesta de Tomás no fue una simple exclamación de sorpresa, era una afirmación, un profundo acto de fe en la divinidad de Jesucristo. ¡Señor mío y Dios mío! Estas palabras pueden servir como una espléndida jaculatoria; quizá nosotros la hemos repetido muchas veces en el momento de la Consagración o al hacer una genuflexión ante el Sagrario. En ese acto de fe también nosotros queremos decirle a Jesús que creemos firmemente en su presencia real allí y que puede disponer de nuestra vida entera.

Nosotros no vemos ni tocamos las llagas sacratísimas de Jesús, como Tomás, pero nuestra fe es firme como la del Apóstol después de ver al Señor, porque el Espíritu Santo nos sostiene con su constante ayuda. "Y -comenta San Gregorio Magno- nos alegra mucho lo que sigue: Bienaventurados los que sin haber visto creyeron. Sentencia en la que, sin duda, estamos incluidos nosotros, que confesamos con el alma al que no hemos visto en la carne. Se alude a nosotros, con tal que vivamos conforme a la fe; porque sólo cree de verdad el que practica lo que cree" (4).

Cuando estemos delante del Sagrario, miremos a Jesús, que se dirige a nosotros para fortalecer la fe, para que ésta se manifieste en nuestros pensamientos, palabras y obras: en el modo de juzgar a otros con un espíritu amplio, lleno de caridad; en la conversación que anima siempre a los demás a ser personas honradas, a seguir a Jesús de cerca; en las obras, siendo ejemplares en terminar con perfección lo que tenemos encomendado, huyendo de las chapuzas, de los trabajos y obras mal acabadas. "Pongamos de nuevo los ojos en el Maestro. Quizá tú también escuches en este momento el reproche dirigido a Tomás: Mete aquí tu dedo, y registra mis manos (...); y, con el Apóstol, saldrá de tu alma, con sincera contrición, aquel grito: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28), te reconozco definitivamente por Maestro, y ya para siempre -con tu auxilio- voy a atesorar tus enseñanzas y me esforzaré en seguirlas con lealtad" (5).

II. Jesús aseguró a Tomás que eran más dichosos aquellos que sin ver con los ojos de la carne tienen, sin embargo, esa aguda visión de la fe. Por eso les anunció durante la Ultima Cena: Conviene que Yo me vaya (6). Cuando estaba con sus discípulos y recorría los caminos de Palestina, la divinidad de Jesús estaba lo suficientemente oculta para que ellos ejercitaran constantemente la fe. Ver, oír, tocar significan poco si la gracia no actúa en el alma y no se tiene el corazón limpio y dispuesto para creer. Ni siquiera los milagros por sí mismos determinan a la fe si no hay buenas disposiciones. Después de la resurrección de Lázaro muchos judíos creyeron en Jesús, pero otros fueron a ver a los fariseos con ánimo de perderle (7). El resultado de la reunión del Sanedrín, que tuvo lugar a raíz de estos testimonios, se concreta en una frase recogida por San Juan: Desde aquel día decidieron darle muerte (8).

En el fondo, la suerte de aquellos que estuvieron con Él, le vieron, le oyeron y le hablaron es la misma que la nuestra. Lo que decide es la fe. Por eso escribe Santa Teresa que "cuando oía decir a algunas personas que quisieran ser en el tiempo que andaba Cristo nuestro bien en el mundo, se reía entre sí, pareciéndome que teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento como entonces, qué más se les daba" (9).

Y el Santo Cura de Ars señala que incluso nosotros tenemos más suerte que aquellos que vivieron con Él durante su vida terrena, pues a veces habían de andar horas o días para encontrarle, mientras nosotros le tenemos tan cerca en cada Sagrario (10). Normalmente es bien poco lo que hemos de esforzarnos para encontrar al mismo Jesús.

Al Señor le vemos en esta vida a través de los velos de la fe, y un día, si somos fieles, le veremos glorioso, en una visión inefable. "Después de esta vida desaparecerán todos los velos para que podamos ver cara a cara" (11). Todo ojo le verá (12), nos dice San Juan en el Apocalipsis, y sus siervos le servirán y verán su rostro (13). Mientras tanto, en esta vida, creemos en Él y le amamos sin haberle visto (14). Pero un día le veremos con su cuerpo glorificado, con aquellas santísimas llagas que mostró a Tomás. Ahora le confesamos como a nuestro Dios y Señor: ¡Señor mío y Dios mío!, le diremos tantas veces. En este rato de oración le pedimos: Haz que yo crea más y más en Ti, con una fe más firme; que en Ti espere con una esperanza más segura y alegre; que te ame con todo mi ser.

Hoy, al considerar una vez más esa proximidad de Jesús en la Sagrada Eucaristía, hacemos el propósito de vivir muy unidos al Sagrario más cercano. Nos ayudará saber cuál es el más próximo a nuestro lugar de trabajo o a nuestro hogar. Tendremos siempre esta referencia en nuestro corazón: cuando practicamos algún deporte, mientras viajamos..., pues "es muy buena compañía la del buen Jesús para no separarnos de ella y de su sacratísima Madre" (15), siempre cerca de su Hijo.

"Acude perseverantemente ante el Sagrario, de modo físico o con el corazón, para sentirte seguro, para sentirte sereno: pero también para sentirte amado..., ¡y para amar!" (16).


III. Cuando Jesús iba a un lugar, sus amigos fieles estaban pendientes de su llegada. No podía ser de otro modo. Nos narra San Lucas que, en cierta ocasión, Jesús llegaba a Cafarnaún, en barca, desde la orilla opuesta y todos estaban esperándole (17). Nos imaginamos a cada uno de ellos con su propia alegría esperando al Maestro, con las peticiones que querían hacerle, con su anhelo por estar con Él. Allí -dice el Evangelista- hizo dos portentosos milagros: la curación de una mujer que se atrevió a tocar la orla de su vestido, y la resurrección de la hija de Jairo. Pero todos se sintieron confortados por las palabras de Jesús, por una mirada o por una pregunta acerca de los suyos... Quizá alguno se decidió aquel día a seguirle con más generosidad. Los amigos estaban atentos al Amigo.

Nosotros, que no le vemos físicamente, estamos tan cerca de Él como aquellos que le esperaban y salían a su encuentro al desembarcar. También nosotros hemos de cobrar cada vez más un sentido vivo de su presencia en nuestras ciudades y pueblos. Hemos de tratarle -Él lo quiere así- como a nuestro Dios y Señor, pero también como al Amigo por excelencia. "Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, el Amigo. Un compañero que se deja ver sólo entre sombras, pero cuya realidad llena toda nuestra vida, y que nos hace desear su compañía definitiva" (18).

Cada día salimos a su encuentro. Y Él nos espera. Y nos echa de menos si alguna vez -¡qué enorme pena!- nos olvidáramos de tratarle con intimidad, "sin anonimato", con la misma realidad con la que tratamos a otras personas que encontramos en el trabajo, en el ascensor o en la calle. Para hallarle, poca ayuda vamos a recibir de los sentidos, en los que tanto solemos apoyarnos en la vida corriente. Muchas veces nos sentiremos "como ciegos delante del Amigo" (19), y esa oscuridad inicial se irá transformando en una claridad que jamás tuvieron los sentidos. Dice Santa Teresa que fue tanta la humildad del buen Jesús, que quiso como pedir licencia para quedarse con nosotros (20). ¿Cómo no vamos a agradecerle tanta bondad, tanto amor? Le decimos al terminar nuestra oración: Señor, "te trataríamos aunque tuviésemos que hacer muchas antesalas, aunque hubiera que pedir muchas audiencias. ¡Pero no hay que pedir ninguna! Eres tan todopoderoso, también en tu misericordia, que, siendo el Señor de los señores y el Rey de los que dominan, te humillas hasta esperar como un pobrecito que se arrima al quicio de nuestra puerta. No aguardamos nosotros; nos esperas Tú constantemente.

"Nos esperas en el Cielo, en el Paraíso. Nos esperas en la Hostia Santa. Nos esperas en la oración. Eres tan bueno que, cuando estás ahí escondido por Amor, oculto en las especies sacramentales -yo así lo creo firmemente-, al estar real, verdadera y sustancialmente, con tu Cuerpo y tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad, también está la Trinidad Beatísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Además, por la inhabitación del Paráclito, Dios se encuentra en el centro de nuestras almas, buscándonos" (21). No le hagamos esperar nosotros. Y nuestra Madre Santa María nos anima constantemente a salir a su encuentro. ¡Cómo hemos de cuidar la diaria Visita al Santísimo!


(1) Jn 20, 25.- (2) Ibídem.- (3) Jn 20, 26-29.- (4) SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre los Evangelios, 26, 9.- (5) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, 145.- (6) Jn 16, 7.- (7) Cfr. Jn 11, 45-46.- (8) Jn 11, 53.- (9) SANTA TERESA, Camino de perfección, 34, 6.- (10) Cfr. SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el Jueves Santo.- (11) SAN AGUSTIN, en Catena Aurea, vol. VIII, p. 86.- (12) Apoc 1, 7.- (13) Apoc 22, 4.- (14) Cfr. 1 Pdr 1, 8.- (15) SANTA TERESA, Moradas, VI, 7, 13.- (16) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Forja, n. 837.- (17) Lc 8, 40.- (18) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 116.- (19) PABLO VI, Audiencia general 13-I-1971.- (20) Cfr. SANTA TERESA, Camino de perfección, 33, 2.- (21) S. BERNAL. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, 2ª ed. , Madrid 1976, p. 318.

ORACION FINAL

Oh Jesús, te doy rendidas gracias por los beneficios que me has dado.
Yo no sabré nunca contarlos sino en el cielo, y allí te los agradeceré eternamente.

Padre Celestial, te los agradezco por tu Santísimo Hijo Jesús.
Espíritu Santo que me inspiráis estos sentimientos, a Ti sea dado todo honor y toda gloria.
Jesús mío, te doy gracias sobre todo por haberme redimido.

Por haberme hecho cristiano mediante el Bautismo, cuyas promesas renuevo.
Por haberme dado por Madre a tu misma Madre.
Por haberme dado un grande amor a tan tierna Madre.
Por haberme dado por Protector a San José, tu Padre adoptivo.
Por haberme dado al Ángel de mi Guarda.
Por haberme conservado hasta ahora la vida para hacer penitencia.
Por tener estos deseos de amarte y de vivir y morir en tu gracia.



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